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lunes, 18 de octubre de 2010

Un pueblo de jugadores


Los restos arqueológicos demuestran que los juegos de azar estaban plenamente implantados entre los romanos. El más famoso fue el de los dados (tesserae) Se fabricaban en hueso, metal o marfil y tan a menudo se trucaban que pronto se obligó el uso de cubiletes (fritilus) para ser lanzados.

También las tabas gozaron de gran aceptación, así como el juego de cara o cruz (navia aut capita). Estos entretenimientos han perdurado hasta hoy, acompañados de otros como el micatio, que enfrentaba a dos participantes que debían acertar el número total de dedos mostrados por ambos a la vez (La antigua Roma. Cómo vivían los romanos; Roger Hanoune y John Scheid)

Tal fue la afición que las leyes siempre persiguieron a los jugadores, conocidos peyorativamente como aleator. Las únicas actividades que permitían apuestas legales eran las carreras de cuádrigas, el salto de pértiga, el lanzamiento de jabalina, la lucha y el salto libre; con el tiempo se unieron las peleas de gladiadores. Incluso si se producía un robo en una casa de juegos ilegal éste no se castigaba por ley (Vida cotidiana en la Roma de los Césares; Amparo Arroyo de la Fuente)

El Estado permitía todo tipo de envites durante las fiestas de la Saturnales, un periodo de tiempo insuficiente para una población que encontraba mayor placer en la clandestinidad de las partidas que en las propias apuestas. Las posadas y las tabenas a menudo ocultaban en la trastienda un garito donde todos los días del año los romanos podían jugar sin ser vistos de manera pública.

De entre los emperadores, hubo alguno como Nerón (gobernó del 54 al 68) y Calígula (37-41) que fueron grandes jugadores; el segundo alcanzó fama de tramposo. Claudio (41-54) escribió un tratado sobre los dados y Cómodo (177-192) instaló un casino en palacio para paliar su bancarrota (La vida cotidiana en Roma en el apogeo del Imperio; Jérôme Carcopino)

martes, 29 de diciembre de 2009

Un artista sádico en el trono: Nerón (I)



Tras el infausto precedente de Calígula para la suerte y designios del Imperio Romano, Nerón se convirtió en el emperador más demente e incapaz de la historia (gobernó del 54 al 68). Aunque durante el primer lustro de su mandato no dio esa impresión.

Pero de pronto, el joven Nerón dio cumplidas muestras de su enajenación mental: en el año 59 asesinó a su posesiva madre Agripina, y a partir de ese momento, comenzó a actuar como poeta y músico, conducía carros en el circo y ponía de manifiesto sus dotes exhibicionistas ante el público, algo denigrante para alguien de su posición, según la moral de la época. Cómo no, ganaba todas las carreras por su condición de máxima autoridad del imperio.

Se convirtió en un loco homicida al heredar la crueldad de su padre, quien en unos arrebatos de cólera, asesinó a un liberto que no bebía tanto como él quería, aplastó a un niño y le sacó un ojo a un caballero con el que tenía una diferencia. De casta le viene al galgo. Según los historiadores más detractores con su figura, Nerón hizo mandar asesinar a su hermanastro Británico, su ex mujer Octavia y a Burro, prefecto de su guardia pretoriana.

Aunque la muerte más trágica se la hizo llegar a otra de sus esposas, Popea, a quien le asestó una patada en el estómago estando embarazada. Su escasa clemencia llevó al emperador a ejecutar a los espectadores que no mostraban entusiasmo en las representaciones teatrales de las que tomaba parte. Para mejorar su voz y adaptarla al canto, imitaba el comportamiento de los profesionales: sostenía plomo sobre su pecho mientras dormía y tomaba lavativas y vomitivos para purgar su organismo. (Los Doce Césares; Régis F. Martin)

Su descomunal morada

El tirano se hizo diseñar un palacio que diese al mundo la justa medida de su poder, la Domus Aurea, que vació las arcas imperiales. Según los planos, la nueva morada abarcaba casi un tercio de la superficie total de Roma. Según el historiador Suetonio, estaba rodeado de obras de arte, oro y piedras preciosas, mientras del techo llovían flores y goteaba aceite perfumado.

En su vestíbulo se hizo erigir una estatua colosal de él mismo que llegaba a los 120 pies de altura. La Casa Dorada tuvo también un estanque de agua en su interior rodeado de pequeñas casas, animales domésticos y salvajes de todas las especies. Aunque del proyecto inicial, casi todo él quedó en papel (Historia Universal. Roma; Julio Mangas)

Es, sin embargo, falso que incendiase Roma para ver una ciudad vuelta completamente en llamas. Cuando se inició el fuego (año 64), Nerón se encontraba a 60 km de Roma, y regresó a toda prisa para coordinar los trabajos de extinción y ayuda a los damnificados. No obstante, hizo culpar del desastre a los cristianos, a quienes ordenó que los cosieran dentro de pieles de animales o usarlos como antorchas humanas para iluminar sus jardines. (Muy Especial Roma; invierno de 2004)

viernes, 11 de diciembre de 2009

La tiranía ejercida como poder: Calígula (y II)



Las extravagancias y, en especial, las atrocidades caracterizaron el breve mandato de Calígula como emperador de la antigua Roma. Así lo pone de manifiesto el historiador Suetonio en su obra Historia y vida de los Césares. Sin ir más lejos, su primo hermano Tiberio fue asesinado repentinamente por un tribuno militar que él envió.

Obligó también a su suegro Silano a suicidarse cortándose la garganta con una navaja por no haber querido acompañarle un día que salió a navegar con el mar agitado. A su tío paterno Claudio, que luego le sucedería en el trono imperial, le dejó con vida sólo para burlarse de él.

Cuando su hermana Drusila murió decretó como delito, durante los días de luto, el reírse, bañarse o comer junto con los padres, la mujer o los hijos. Su amor por sus otras hermanas era mucho menor, pues las degradaba a menudo haciendo que las poseyesen sus mancebos de placer. Algunas veces, al besar el cuello de su mujer o de sus hermanas, aseguraba con sarcasmo: “esta hermosa cabeza caerá en cuanto lo ordene”.

Calígula no consintió que se ejecutara a nadie de otro modo que poco a poco, a puñaladas repetidas y breves. Las veces que encontraba a ciudadanos con una hermosa cabellera les hacía afeitar la cabeza para afearlos. A un hermoso joven llamado Esio Próculo, durante un espectáculo, por envidia, hizo que lo sacaran de su sitio, arrastrándole por la arena y lo puso a luchar contra un gladiador. Lo paseó por la ciudad cubierto de harapos e hizo que lo degollasen.

Durante los espectáculos

Precisamente, en ocasiones, durante los combates de gladiadores, el emperador hacía descorrer los toldos de los anfiteatros en medio de un ardiente sol y no permitía que se marchase nadie del público asistente. Hizo listas de condenados que sirviesen de pasto a las fieras ante la subida del precio del ganado que les alimentaba.

Un intendente de juegos y cacerías fue azotado con cadenas en su presencia varios días, y no dio orden de matarlo hasta que se sintió acomodado por el hedor que emitía su cerebro putrefacto.

En la ciudad de Puétolos, cuando inauguró un puente que él mismo había ideado, invitó a que se reunieran cerca de la orilla a cientos de lugareños; a continuación los hizo precipitar al mar y remachar con los timones a los que se agarraban para mantener la vida.

Su excentricidad le llevó también que en medio de los espectáculos teatrales besara a los actores de pantomimas protagonistas, y si alguien permitía el menor ruido mientras éstos bailaban, les azotaba con su propia mano.

viernes, 4 de diciembre de 2009

La tiranía ejercida como poder: Calígula (I)



Los desórdenes mentales que padeció Calígula (12-41 d.C., de la dinastía Julio-Claudia) en vida, puestos de manifiesto por sus biógrafos, le llevaron, entre otras causas, a ejercer de cruel tirano durante su mandato como emperador romano (37-41 d.C.) Por suerte para el Imperio, sólo ejerció su poder durante tres años. Gastó hasta el último sestercio de todo el tesoro imperial. Como ejemplo, mandó construir un puente de barcas inútil que atravesara toda la bahía de Nápoles.

Se empeñó en que el Senado le proclamara dios en vida. Varios senadores fueron ejecutados secretamente y los siguió convocando a las sesiones como si continuaran vivos. Impuso que los padres estuvieran presentes en las ejecuciones de sus hijos. Muchos jóvenes fueron asesinados porque se negaron a acostarse con él.

Durante un banquete irrumpió en carcajadas y, los invitados, al preguntarle el motivo de su hilaridad, exclamó: “Estaba pensando que si quisiera podría hacer que os degollaran ahora mismo”. Sus cenas solían amenizarse con torturas y decapitaciones.

Su pasión por las luchas de gladiadores le llevó a exhibirse como tal en la arena, según aseveran los historiadores Suetonio y Dión Casio. En ocasiones sustituía a los luchadores por bestias escuálidas, gladiadores decrépitos y honorables padres de familia que resaltaban por algún defecto físico (Historia y vida de los Césares; Suetonio)

Sexualidad atormentada

Su hermana Drusila solía acostarse con él cuando era niño. También mantuvo relaciones con sus otras dos hermanas. El marido de Drusila, Lépido, fue uno de sus favoritos amantes. En ocasiones se vestía como Afrodita, se maquillaba como una prostituta y salía a ofrecerse a efebos por las calles de Roma. Obligó a que las damas romanas se prostituyeran a precio rebajado en los burdeles para que los mendigos e indeseables se acostaran con ellas.

Calígula mostró su deseo carnal por Próculo, un hermoso gladiador que era famoso por el tamaño de sus genitales. Cuando éste se casó, invitó al matrimonio a su palacio y ejerció el derecho de pernada con él, sodomizándolo ante la atenta mirada de su esposa. Tiempo después mandó ejecutar al gladiador y conservó sus testículos como talismán.

No obstante, pese a la tiranía que ejerció, algunos de sus detractores biógrafos también propagaron calumnias sobre el emperador, como su pretensión de que el Senado nombrase cónsul a su amado caballo Incitatus. (Roma de los Césares; Juan Eslava Galán)

Si su mandato fue tormentoso para el Imperio, no lo fue menos su trágica muerte, a los 28 años de edad. Los prefectos de su guardia pretoriana y varios senadores le asestaron cuchilladas y golpes de tal violencia que su ensañamiento les llevó a algunos hasta comerse su carne, según pone de manifiesto Dión Casio (Los Doce Césares. Del mito a la realidad; Régis F. Martin)